Febrero, que ha empezado con una jornada liguera combatida y exigente como demuestran los partidos Unicaja-Andorra o Zaragoza-Breogán, va a ser, más aún de lo habitual, una muestra de las desigualdades en el baloncesto internacional, con dos competic
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Dzanan Musa y Mario Hezonja aguardaron en mitad de la pista el chaparrón de la enésima derrota, conversando como si supieran de qué se trata, qué es lo que no funciona en este Real Madrid que les debe pertenecer. La sensación es ahora de equipo quebrado, sin alma y sin solución. El Zalgiris, ese rival habitualmente propicio, fue también demonio, de pesadilla en pesadilla hasta el hundimiento: hay que mirar muy abajo para encontrar a los blancos en la tabla de clasificación. [83-92: Narración y estadísticas]
Fue una noche de pura frustración. De protestas y técnicas, de Chus Mateo expulsado en el tercer cuarto. Pero, sobre todo, fue una noche de completa inferioridad ante el rival. Los lituanos dominaron cada resquicio del duelo, baloncestístico y mental. Arrollaron en la primera mitad impulsados por el acierto y la calidad de Lonnie Walker y ni sufrieron en la segunda entregados a Sylvain Francisco. Lo peor, de largo, es la sensación de aceptación del fracaso: la pitada de las tribunas del WiZink fue mínima tras la tercera derrota seguida, la novena en lo que va de curso europeo. Lo nunca visto.
El algoritmo de Chus Mateo demanda energía, actitud y acierto para volver a resolver problemas y ganar partidos, para ser la receta del éxito de hace no tanto. En vez de eso, el equipo se envuelve en la capa de incertidumbre y depresión, se autoconvence de su pujanza perdida (tan evidente que esa plantilla perdió mucho más que ganó este verano...), y se refugia en la paciencia, en lo largo del camino. Pero verse a finales de diciembre tan abajo, lejísimos de la cabeza de la Euroliga, no ayuda ni al colectivo ni a los señalados.
Y este Madrid que sólo ha ganado un partido a domicilio (en Barcelona tras dos prórrogas), se comprueba ahora sufriendo con cualquiera, perdiendo en la cancha del Asvel, o 19 (35-54) abajo en un ratito con el Zalgiris. Rivales que eran 'victoria' segura. Como para pensar en la Final Four.
Chus Mateo, camino del vestuario tras su expulsión.Kiko HuescaEFE
A Mateo se le ha agotado hasta el comodín de las lesiones. Con toda la plantilla al completo (Hugo González se quedó fuera de la convocatoria), afrontó al Zalgiris de Andrea Trinchieri -una de las revelaciones, la mejor defensa del torneo- tras dos derrotas seguidas en Europa interrumpidas el domingo por el alarde liguero ante Unicaja. Un espejismo. Ni atisbo de reacción, de algo que cambie el rumbo de la mediocridad, que propicie un despegue del que cada vez hay más dudas de que vaya a llegar antes de que sea demasiado tarde.
La puesta en escena fue aterradora. Si Walker IV acaparaba los focos, en el descanso ya acumulaba 21 puntos. No sólo era el talento del ex NBA que fue pretendido por el Madrid, era la actitud que tenía enfrente, una desidia defensiva que el Zalgiris aprovechaba para pasearse en el WiZink: el peor equipo ofensivo se marchó al descanso con 54 (una lluvia de triples) en su casillero ante un Madrid desencajado. Errores flagrantes, protestas, técnicas y sólo Llull asomando a base de orgullo.
Sin reacción
Ya el Efes hace unos días se zampó al Madrid en el Palacio en otra primera mitad para olvidar que ni la reacción posterior pudo tapar. Para remontar hay que creer, principalmente en uno mismo. Y a la vuelta, pese al 8-1 de salida, otra vez la desesperación, que se tradujo en la enésima técnica, en la expulsión de Chus Mateo y en un marcador que no menguaba pese a que Musa intentará ponerse la capa de súper héroe. En cuanto se sentaron Campazzo y Tavares, todo era fango.
Y ahí el Madrid se enredó como un elefante, lento, sin ideas, sin esa chispa que transformaba el Palacio en un lugar donde todo podía ocurrir. Ya no hay magia. Los blancos son un grupo en el diván que ni reacciona a las banderillas: dos triples más de los lituanos y la clase de Francisco hicieron arrojar la toalla. Otra noche para olvidar.
Como los malos estudiantes, el Real Madrid lo dejó todo para septiembre. Aprobó en la última oportunidad, aunque lo hizo con nota, una de las victorias más contundentes de la temporada, una paliza sin mucha épica ante el Bayern de Múnich. En la repesca evitó dramas recuperando las bases del baloncesto con el que había espabilado tras la Copa: dinamismo, energía, rebote, acierto y concentración. Y al mejor Mario Hezonja, el mismo que el martes ante el Paris Basketball fue una sombra de sí mismo. Ahora le aguardan a los blancos unos cuartos de final de traca contra el Olympiacos. [93-71: Narración y estadísticas]
Hacía 13 años que el Madrid no era expulsado antes de tiempo de la Euroliga, desde 2012 siempre al menos entre los ocho mejores (tres títulos por el camino) y esta vez apuró al máximo. Fruto todo de un curso de toboganes que le condujo al 'play-in' pese a ganar los últimos seis partidos de la liga regular. Ahí, de nuevo los vaivenes, una actuación horrible contra el París y una plácida anoche, en la que mostró la contundencia requerida ante un rival, eso sí, exhausto tras la prórroga con la que ganó al Estrella Roja el martes y que perdió a su referente, Carsen Edwards (segundo máximo anotador de la competición) apenas un rato antes de la batalla por unos problemas de espalda.
"Como una final", proclamaba Chus Mateo en la previa, intentando poner en valor lo que había en juego, la razón de ser de un club que esta misma Semana Santa se había visto expulsado de la Champions. Futbolero era el rival, aunque poco fiero se mostró el Bayern en el Palacio. Fue barrido porque el Madrid encontró la pausa y el acierto, el liderazgo de Campazzo, olvidó la ansiedad y no dejó resquicio después para que los alemanes tuvieran espacio para soñar con la remontada. Todo eso y mucho más necesitará ahora para dar la sorpresa ante el mejor equipo de la temporada regular, el Olympiacos, sin ventaja de campo (a partir del miércoles).
Desde el mismo amanecer se percibió el aroma de redención, de borrar todos los pecados cometidos apenas unas horas antes. Como una señal, Mateo introdujo a Hezonja en el quinteto inicial. Aquí tu escaparate para arreglar el desaguisado. Y el croata, al que le sobra el talento, respondió como se espera de él. Fue el referente, esta vez sí.
También ayudó que los blancos arrancaran acertando con ocho de sus primeros nueve triples. Todo eso ante el equipo que más amenaza desde el perímetro. Todos tiraban, todos metían. Se movía el balón y se corría la pista y el Bayern ni abría la boca. Hasta el individualismo de Dzanan Musa pasaba desapercibido ante el buen hacer de todos. Tras el golpe en la mesa, hubo unos minutos de dudas en el segundo cuarto, un intento de reacción alemán con Napier, pero de nuevo la carga de la caballería, las cabalgadas de Hezonja, que acabó con un triple sobre la bocina para poner la máxima antes del descanso (52-33), con el croata disparado entonces (15 puntos y cuatro rebotes).
El vendaval no había cesado. Como ante un boxeador tambaleante, el Madrid se lanzó a por el knockout, triples como directos al mentón del Bayern, casi siempre tras un pase extra, la floritura del baloncesto moderno. Con Campazzo como un director de orquesta, el equipo se divertía y la ventaja no dejaba de crecer: 67-43 tras triples de Abalde (firmó otra master class de seriedad y buenas decisiones) y el propio Facu.
El partido avanzó asumiendo ambos los inevitable. Los de Gordon Herbert, la eliminación. Los blancos, la línea retomada tras la final de Copa, esa mejoría que ahora tocará refrendar ante el viejo y temible enemigo Olympiacos de Vezenkov, Fournier, Milutinov y compañía.
Baloncesto
IRIA OTERO
@IriaOtero_
Madrid
Actualizado Lunes,
22
mayo
2023
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