Con la derrota de Paula Badosa frente a Iga Swiatek España se despidió de entrada de la Billie Jean King Cup. Antes, Magda Linette había superado a Sara Sorribes, dejando al equipo que dirige Anabel Medina en una situación muy comprometida. Cinco veces campeona de la Copa Federación, antigua denominación de este torneo, España, que vio aplazada la serie este jueves debido a la DANA acaecida en Málaga, presentó oposición en ambos partidos, pero sin poder sumar un punto que le condujese al menos a pelear su suerte en el partido de dobles. Las jugadoras españolas lucieron en su equipación el lema “Fuerza Valencia” y un crespón negro en su camiseta. Se guardó un minuto del silencio antes del inicio del cruce.
Sin disfrutar de su mejor temporada, Swiatek, ahora número dos del mundo tras ser superada por Aryna Sabalenka, marcó distancias en el tercer parcial para certificar el pase de Polonia a cuartos de final, donde se enfrentará este sábado a la República Checa. Venció por 6-3, 6-7 (5) y 6-1, en dos horas y 38 minutos, mucho más entera que su adversaria físicamente.
En el día de su 27º cumpleaños, la española neutralizó las tres primeras pelotas de partido al resto, pero se fue con una doble falta. Swiatek agradeció el apoyo de los seguidores de su país, bulliciosos en las gradas no colmadas del Martín Carpena, y elogió el trabajo de Linette: “Es mucho más fácil saltar a la cancha con una victoria”, dijo.
Su compatriota venció a Sara Sorribes por 7-6 (6), 2-6 y 6-4, en tres horas y 51 minutos. La número dos española volvió a hacer gala de la combatividad que la distingue, valor insuficiente esta vez después de dejar escapar una clara ventaja de 3-0 en el tercer parcial.
Anabel Medina recibió un homenaje en su despedida como capitana, tras siete años al frente del equipo.
A la hora de glosar la carrera de Rafel Nadal, que este jueves anunció su retirada del tenis el mes próximo en las Finales de Copa Davis, me resulta inevitable evocar nuestra primera conversación. Fue el 15 de agosto de 2004, tras dejar sobre la tierra de Sopot la huella prístina de una carrera difícilmente homologable, que registró, con el decimocuarto Roland Garros, el último de sus 92 títulos 18 años más tarde. En aquella charla, a través del teléfono, surgía la voz tenue de un muchacho que, como explicó en el vídeo testamentario de su adiós, estaba lejos de imaginar el viaje que iba a trazar en la historia del deporte.
No por esperada, desde que su cuerpo se negó a obedecer su apetito de insaciable competidor, deja de estremecer una noticia capaz de imponerse en las cabeceras de todos los diarios e informativos, de arrinconar por unas horas el impacto del fragor de las guerras y la tormenta política de su país. Se marcha uno de los más grandes deportistas de siempre, cuyos logros, entre los que se encuentran nada menos que 22 títulos de Grand Slam, cinco Copas Davis, 209 semanas como número 1, un oro olímpico individual y otro en dobles, trascienden el puro valor del éxito y estarán siempre unidos a la forma de lograrlos.
Porque la figura de Nadal está asociada a un espíritu incombustible, a ese never say die que le acompañó también en la vocación de un cierto espíritu nietzschiano por su afán de reescribir un eteno retorno. Fueron muchas las ocasiones con motivos suficientes para firmar la rendición, y desde muy pronto, con la temprana aparición, a los 19 años, de los problemas endémicos en el escafoides del pie izquierdo que amenazaron con cortar el seco el majestuoso vuelo de su raqueta.
Pero el jugador al que ya hace tiempo echamos de menos, resignados al azote contumaz de los percances físicos que sólo le han permitido disputar 19 partidos esta temporada y únicamente tres el pasado año, se reveló capaz de abrirse paso una y otra vez, de reivindicar su nombre frente al empuje de las nuevas generaciones y de mantenerlo vivo en esa pugna irrepetible con Roger Federer, que le precedió a la hora de dejar caer la hoja roja, hace ya dos cursos, y con Novak Djokovic, aún en danza, agotando las últimas reservas de su combustible.
Nunca el tenis disfrutó de tres protagonistas tan ilustres conviviendo en un mismo y largo período, prolongado durante casi cuatro lustros, algo que proyecta aún más lejos su legado. Nadal fue el primero en cuestionar la rapsodia de Federer, de discutir con sus propias armas su reinado. Lo hizo ya derrotándole por sorpresa en el Masters 1000 de Miami, en 2003, y llevándole al límite en la final de ese mismo torneo un año después, y proclamó en voz muy alta, meses más tarde, superándole en las semifinales de Roland Garros, en la antesala de la primera de sus copas de los mosqueteros, que este juego entraba en una nueva era.
Lin Cheon, una foto del Big Three, Djokovic, Federer y Nadal.Lin CheongAP
Nadal y Federer caminaron de la mano, separados por la red pero juntos a la hora de enviar un mensaje de profundo calado en su exclusiva narrativa, que incorporaba, al lado del hermoso contraste de personalidades y estilos, los principios de una sana disputa puramente deportiva que alcanzó los 40 partidos. En ella se detuvieron escritores como David Foster Wallace, autor de El tenis como experiencia religiosa (Ramdom House), donde, sin disimular su fascinación por Federer, a quien dedicó el libro, recoge la capacidad de retroalimentación que siempre hubo entre ambos.
Resulta difícil contar la historia de Nadal sin la figura del estilista suizo, como fue inevitable acudir a su némesis a la hora de enfrentarse al también delicado ejercicio de despedir al ocho veces campeón de Wimbledon. También allí, precisamente allí, aconteció uno de los episodios medulares en la historia del zurdo, que es simultáneamente parte de la mejor historia del tenis. En una final, la de 2008, con la impronta de Alfred Hitchcock, sacudida por los azares de la climatología británica, interrumpida y dilatada hasta que la noche insinuó seriamente su aplazamiento, Nadal puso fin a la autocracia de Federer en su territorio sagrado y se convirtió en el primer español capaz de ganar el torneo en el cuadro masculino desde que lo hiciera Manolo Santana. Aquel partido fue considerado entonces como el mejor de siempre. Y diría que tal catalogación mantiene aún toda su vigencia.
Si Santana, a quien tampoco nunca terminaremos de decir adiós, puso al tenis español en el mapa, Nadal trascendió todas las categorías fronterizas. El chico que se inició bajo la estoica tutela de su tío Toni, cuyo nombre aparece en lustrosas versales en la construcción de todos sus logros, como un aparente especialista sobre tierra batida, devino en un profesional capaz de reinventarse para imponer su discurso en todas las superficies.
No sólo ganaría en dos ocasiones sobre el pasto del All England Club, sino que su constante deseo de aprendizaje y superación le llevarían también a tomar el poder en cuatro ocasiones en el Abierto de Estados Unidos y otras dos en el Abierto de Australia, la última de ellas, en 2022, en una plasmación catedralicia de su ardor y resiliencia, levantando un partido imposible a Daniil Medvedev cuando acababa de regresar de otro de sus largos períodos recluido en el arcén. Forma, junto a Donald Budge, Roy Emerson, Fred Perry, Rod Laver, Andre Agassi, Roger Federer y Novak Djokovic, la ilustre nómina de quienes han logrado inscribir su nombre como campeones de los cuatro grandes.
Amor por la Davis
Ese permanente viaje de ida y vuelta sólo ha sido posible gracias al amor y la pasión por aquello que aún seguirá haciendo hasta que ponga el definitivo cierre en Málaga, precisamente en la Copa Davis, en la competición que le alumbró como un entonces insospechado líder. Hace dos décadas, en Sevilla, frente al Estados Unidos liderado por Andy Roddick, con la valentía y complicidad del equipo de capitanes formado por José Perlas, Jordi Arrese y Juan Avendaño, Nadal transgredió el guion para llevar a España a la conquista de su segunda Ensaladera, aunando voluntades junto a Carlos Moyà, el hombre que tomó el relevo de Toni en su rincón.
Su carácter inspirador tuvo un efecto inmediato en nuestro tenis, al frente de jugadores tan importantes como David Ferrer, que será su último capitán, Feliciano López, Roberto Bautista, Fernando Verdasco o Pablo Carreño, todos ellos nutridos por cualidades de las que no sólo adolecía el tenis sino el deporte español en su globalidad. Sin Nadal sería difícil entender un fenómeno como el de Carlos Alcaraz, tan distinto en su manera de desenvolverse en la pista, tan parecido a la hora de interpretar la esencia del juego. Pronto vio en él a alguien armado para tomar su relevo, incluso antes de someterle en su primer enfrentamiento, en Madrid, el día que el murciano ingresó en la mayoría de edad.
Nadal tocó de lleno el corazón de los aficionados de todo el mundo como ahora, con su propia singularidad, lo hace Carlos Alcaraz. Pudimos disfrutarles juntos en los Juegos de París, después de que el mallorquín recibiese el emocionante homenaje de la ciudad y el recinto donde luce su efigie como uno de los portadores de la antorcha olímpica. Aún nos queda un postrero disfrute a partir del 19 de noviembre, con su hasta ahora negada alianza en la Copa Davis, escenario elegido por Nadal para su último baile, quien sabe si para clausurar el formidable relato con un desenlace tan brillante como aquel que le dio comienzo.
«Mi sueño es tener una familia increíble». Poco después de convertirse, con 38 años y 147 días, en el segundo jugador más veterano en alcanzar los octavos de final del Abierto de Australia desde 1988 (Roger Federer fue el anterior, en 2020), Gael Monfils confesaba los anhelos lógicos a una edad improbable para grandes aspiraciones profesionales.
Casado con la también tenista Elina Svitolina, que se sumó a la fiesta con su victoria ante Jasmine Paolini, cuarta cabeza de serie, el francés, 41º en el escalafón, tiene ya una hija junto a la ucraniana, Skaï, nacida en octubre de 2023.
El jugador parisino se impuso este sábado a Taylor Fritz, cuarto cabeza de serie, por 3-6, 7-5, 7-6 (1) y 6-4, para prolongar la secuencia de victorias iniciada con la conquista en el ATP 250 de Auckland del decimotercer título de su carrera. Hay que viajar hasta 1977 para encontrar un campeón más provecto. Fue Ken Rosewall, vencedor en Hong Kong a los 43, cuando el tenis aún estaba lejos de las demandas físicas que ya hace tiempo le caracterizan. «Sigo jugando para estos partidos, ante grandes jugadores, en grandes estadios, frente a grandes aficiones, con buena energía», dijo el héroe de la jornada una vez culminada su primera victoria ante un rival del top 5 en casi 17 años.
Contemporáneo de Richard Gasquet, quien se ha quedado en la fase previa en Melbourne, y de Rafael Nadal, que se retiró el pasado noviembre en la Copa Davis, Monfils, acaso el menos talentoso de los tres, mantiene su pujanza amparado en las cualidades atléticas que siempre le distinguieron y en una incombustible pasión por el juego. En 2004 estuvo a un paso de cuadrar el Grand Slam júnior, tras ganar el Abierto de Australia, Roland Garros y Wimbledon.
Un servicio letal
Ante Fritz, 11 años más joven, finalista del último Abierto de Estados Unidos y presente en los siete últimos octavos de los majors, ganó el 82% de los puntos con su primer servicio y suscribió 24 aces, el último de ellos para cerrar el partido. El californiano, consumado sacador, se quedó en 12 servicios directos. «Sirvió de foma increíble, escondiendo bien las direcciones; nunca pude leer bien dónde iba a enviar la pelota en los puntos importantes», admitió Fritz. «Cuando no conectaba el primero, lograba enormes saques cortados. Incluso entonces, cuando sí adivinaba las direcciones, eran muy difíciles de restar por el efecto que llevaban. Era muy complicado hacerle daño; lo devolvía todo. Si continúa jugando así, será duro vencerle para cualquier jugador».
El partido se vivió con intensidad y colorido en la grada, con nutrida presencia de seguidores franceses que encorajinaron a Monfils, quien disputa su 19º Abierto de Australia y 65º Grand Slam. Encadena ocho victorias consecutivas después del triunfo en Auckland. Sólo Novak Djokovic, que le derrotó antes, en la segunda ronda de Brisbane, ha conseguido detenerle esta temporada.
Eliminado de inicio Stan Wawrinka, de 39 años, Monfils es el más viejo del cuadro. Tendrá como próximo adversario a uno de los jugadores emergentes. Siendo menos reactivo, Ben Shelton, 22 años, 21º del ránking, también 1,93, presenta analogías con el estilo del hombre al que se medirá por primera vez. Dos tenistas con hechuras de playmaker en busca de los cuartos.
Nadie puede con Mirra Andreeva, que a sus 17 años ganó ese domingo en Indian Wells su segundo título WTA 1000 consecutivo, tras imponerse la pasada semana en Dubai, y suma 12 victorias seguidas. Ya es la número 6 del ránking. La rusa que entrena Conchita Martínez dejó atrás una tras otra a las dos mejores del circuito. Antes de vencer en la final a la bielorrusa Aryna Sabalenka, número 1 del mundo, por 2-6, 6-4 y 6-3, había superado a Iga Swiatek (a la que ya derrotó en su camino hacia el título en Dubai). Sólo Tracy Austin, quien, a los 16, derribó a Martina Navratilova y Chris Evert para llevarse el US Open de 1979, logró algo semejante a menor edad.
«Está sorprendiéndonos a todos los fans del tenis con su madurez y sencillez, rodeada de profesionales a los que conozco y que son adecuados para el talento que ella posee», comenta a este periódico Garbiñe Muguruza, ganadora de tres títulos del Grand Slam y de las WTA Finals. «Tiene un talento aún con mucho por pulir, pero desde ya estamos viendo a una campeona. Conchita es la persona perfecta para moldearla hasta convertirla en la próxima número 1. Es un portento físico y una jugadora muy resiliente. Es humilde, pero segura de sus armas», agrega.
Estamos ante la gran sensación del tenis femenino, un fenómeno adolescente que ya se ha ganado analogías con otras tenistas de aura precoz. Andreeva es la tercera jugadora más joven en ganar Indian Wells, tras Martina Hingis en 1998 y Serena Williams en 1999. «Todo mi equipo me protege mucho. Tengo una entrenadora con mucha experiencia que me ayuda mucho, me da consejos, me dice cómo jugar y tácticas para no desperdiciar la energía», comentó la campeona después de su victoria.
Conchita Martínez, ganadora de Wimbledon en 1994 y con una brillante trayectoria al lado de Muguruza, a quien dirigió hacia el triunfo en el All England Club en 2017, lleva algo menos de un año en su rincón. Lo que empezó siendo una colaboración puntual se ha prolongado después del buen papel de la rusa en el Mutua Madrid Open, donde se plantó en cuartos, y de su crecimiento progresivo. El año pasado ganó la plata olímpica en París junto a Diana Schnaider y se hizo en Iasi con su primer título individual.
Mayor agresividad
Como ha reconocido Andreeva, su entrenadora trabaja en hacer de ella una tenista menos defensiva, que incorpore a su inteligencia táctica y a sus buenos argumentos desde el fondo de la cancha golpes de otras características. Rápida e inteligente, la joven nacida en Kranoyarsk y residente en Cannes, donde se trasladó desde Moscú en 2022, posee una gran capacidad para neutralizar a adversarias de mayor pegada, como es el caso de Sabalenka, a quien ya había sorprendido en la última edición de Roland Garros, en cuartos de final.
Andreeva ganó en el verano de 2022 en El Espinar, torneo de categoría ITF. «Hoy se pega mucho y se piensa poco. Ella tiene otras armas», valoró Vivi Ruano, directora del torneo, que cuenta con 10 títulos del Grand Slam en dobles y dos platas olímpicas, asombrada también por su aplicación y metodicidad. «Me encanta cuando en la entrega de premios siempre se auto felicita. Qué bien que entienda desde tan pronta edad que todo está en sus manos», apunta Garbiñe, hoy embajadora de Tennis Channel, tras corroborar en Indian Wells su magnífica impresión.
Andreeva viajó este lunes a Miami, donde aspira a convertirse en la quinta jugadora capaz de suscribir el Sunshine Double: alzarse con el triunfo en Indian Wells y Florida, algo que lograron Steffi Graf, en dos ocasiones (1994 y 1996), Kim Clijsters (2005), Victoria Azarenka (2016) e Iga Swiatek (2022).