Pese a su final de temporada y a los rumores que le han situado lejos del Metropolitano, Antoine Griezmann, seguirá vistiendo la camiseta del Atlético de Madrid hasta el 30 de junio de 2027, según ha hecho público el club en sus redes sociales.
Así, uno de los buques insignia del club colchonero estará en Estados Unidos vestido de rojiblanco el próximo 15 de junio para enfrentarse al PSG en el primer partido para el Atlético de Madrid en el próximo Mundial de Clubes.
"Atléticos, muy feliz de vestir por muchos años esta maravillosa camiseta y espero daros muchas alegrías. Un abrazo muy fuerte. Os quiero", ha expresado el francés en un vídeo hecho público por el club también en redes sociales en el que salía el futbolista con el cartel anunciando su renovación justo detrás.
El Principito comenzó como titular indiscutible esta temporada en una dupla atacante junto a Julián Álvarez, pero un bajón de rendimiento le terminó por sentar en el banquillo en favor de Alexander Sorloth. El galo, que terminó el curso con 16 tantos y nueve asistencias no marcó desde principios de febrero de este año ante al Mallorca.
Ese bajón comenzó a desatar los rumores que le situaban lejos del Metropolitano la próxima campaña. Fueron especialmente insistentes los que le mandaban a un equipo de la MLS, especialmente por la gran afición del galo por el deporte americano, principalmente la NFL.
Pero la historia y su proyecto familiar le han llevado al francés a aceptar la oferta de renovación del club de un contrato que expiraba en junio de 2026, justo antes de la cita internacional que disputan los rojiblancos. Se habla de que con esta operación, el club aligera su masa salarial ya que mantiene sus 8 millones de euros brutos al francés, pero los reparte en dos cursos.
El francés, máximo goleador histórico del club con 197 tantos a los que suma un total de 86 asistencias, ha sido uno de los emblemas del Atlético desde su llegada de la Real Sociedad en 2014. Griezmann ha vestido de rojiblanco durante nueve temporadas en dos etapas (jugó tres con el FC Barcelona en medio de ambas)
Griezmann fue el primer jugador en anotar en el Metropolitano en un encuentro ante el Málaga en septiembre de 2017. Vistiendo la camiseta del Atlético ha conseguido una Europa League, en la que marcó dos goles en la final ante el Olimpique de Marsella, y dos Supercopas, una de Europa y otra de España.
Además, y aunque no sea el galo de títulos individuales, ha conseguido el Balón de Bronce en dos ocasiones en 2016 y 2018 y elegido como mejor jugador de Francia, con la que ha conquistado un Mundial y una Liga de Naciones, en 2016.
El Bernabéu es un buen lugar para la contemplación si se es espectador. Como mirar una catedral para los devotos, con un marcador que es como un fresco en movimiento. Como futbolista, sin embargo, es un mal asunto. El Atlético partió deliberadamente contemplativo, agrupado en su campo, a la espera de que no pasaran cosas. A Simeone le puede su naturaleza, tenga lo que tenga, y no es un reproche, ni es negativo. Es lo que es, y le ha ido de maravilla. En el Metropolitano, en cambio, deberá proponer más, porque la Champions lo exige; el Madrid, también. No le bastará su acting en la banda. Sin necesitar de una noche mágica, el rey de Europa cobra ventaja en unas circunstancias mucho más adversas, porque en el Bernabéu siempre pasan cosas si se deja crecer a los suyos, aunque las haga un suplente que no debería sentirse como tal. Es Brahim. La contemplación desde la hierba es un mal asunto. [Narración y estadísticas (2-1)]
Las primeras acontecieron esta vez muy rápido para conectar a Valverde y Rodrygo, que pudo con la velocidad de Javi Galán como si no se esforzara. El brasileño se desliza, sin desgaste, por donde otros pisan con clavos. El eslalon acabó en un gol pletórico, messianico.
Para saber más
Fue como el directo inesperado nada más sonar la campana del primer round que deja grogui al oponente. Ahí estaba la oportunidad del Madrid para romper la eliminatoria y obligar a Simeone a cambiar su hoja de ruta, que se plantó en el Bernabéu a jugar una eliminatoria, no un partido. Después de verse superado de semejante forma, como le ocurrió al lateral rojiblanco, un futbolista queda tocado emocionalmente. Rodrygo volvió a intentarlo, pero el defensa reaccionó con los tiempos justos, al límite del penalti. Giménez detuvo en la banda opuesta a Vinicius, menos preciso que su compatriota con un Mbappé de oyente. Rodrygo es el Patito feo del ataque, aunque Ancelotti es de la generación que conoce bien el cuento de Andersen.
Un equipo desgastado
Un gol no cambia, sin embargo, un plan, y el Atlético siguió a lo suyo, con la prioridad de dejar al Madrid sin espacio y refugiarse en largas posesiones que evitaran las pérdidas. Sin la pelota, cerraba los espacios entre las líneas; con ella, hacia el campo anchísimo. Ello hacía correr al Madrid, un equipo desgastado físicamente. Era parte del plan del argentino, que sabe de los buenos finales de los suyos. No lo tuvieron. Ello no daba, de momento, ocasiones al Atlético, que tuvo la primera en una llegada de Giuliano, cuyo centro, dirigido a Lino, fue interceptado por Valverde. El uruguayo estaba en el campo bajo riesgo, pero en dos acciones, el pase del gol y el corte del no gol, demostró por qué.
En un contexto en el que mandaban el respeto y las precauciones, con balones al pie y sin presión alta por parte de ninguno de los equipos, los goles sólo podían llegar gracias a acciones individuales. Rodrygo había encontrado el espacio por sorpresa, pero eso no iba a volver a suceder. La de Julián Álvarez fue individualísima. Después de un error de Camavinga, alzó su visión periférica desde el cuerno del área y lanzó un disparo teledirigido que salvó la envergadura de Courtois. Como burlar las alas de un cóndor.
La réplica la puso Brahim, nada más regresar del descanso, al sostenerse en el área gracias a su potente tren inferior y su bajo centro de gravedad, y salvar contarios para colocar el balón en el lugar imposible de Oblak. Una acción de alivio para el Madrid, porque Simeone ya había mandado aumentar el ritmo de los suyos al salir del vestuario. Al argentino le gusta jugar varios partidos dentro de un mismo partido, no digamos ya en una eliminatoria. La nueva ventaja del Madrid llegaba de la nada, como había ocurrido con el tanto de Julián Álvarez.
Julián Álvarez, ante Camavinga, en la acción del 1-1.AFP
Brahim y Julián tiene algo en común, y es haber llegado procedentes del Manchester City. Todo lo que deja Guardiola suele tener tara, pero con estos jugadores alguien se equivocó, por ponerlos poco o por abrirles la puerta. También en la Federación Española. Julián, la gran referencia de este Atlético, ya por encima de Griezmann, apunta en grande. Brahim, recambio del sancionado e intocable Bellingham, hace muchísimas cosas, y todas bien.
Oblak encajó el segundo gol, pero el Atlético encajó el temor, y más cuando Ancelotti echó mano de Modric, al que Simeone veía como titular, para sacar del campo a Camavinga. Brahim se lo recordó a gritos desde la banda tras su gol. Sabe el argentino lo que el croata puede hacer, por lo que llamó a Le Normand para pasar a jugar con línea de cinco y vació su centro del campo para poner a Correa y Sortloth, los jugadores de sus finales. Si había algo que jugar que fuera en las áreas, aunque estuvo más cerca de perder más que de ganar algo. Camino del Metropolitano, el Madrid lo hace más seguro de lo que estaba antes de saltar a su propio estadio. Simeone sabe que necesitará más.