Brutal en la importancia del triunfo, salvaje en la belleza de la forma, espectacular y casi increíble bajo todos los puntos de vista, Lindsey Vonn se impuso en Saint-Moritz en el primer descenso de la temporada. Olímpica, no lo olvidemos. Un triunfo histórico. Ninguna mujer ni ningún hombre había ganado, ni de lejos, una prueba de la Copa del Mundo a la edad de la estadounidense: 41 años y 55 días. El suizo Didier Cuche, con 37 años y 192 días, la precedía en el escalafón.
Toda la expectación era poca y toda la admiración es insuficiente para saludar la victoria número 83 en la Copa del Mundo de quien, hasta que la superó Mikaela Shiffrin, ostentaba el honor de ser la mujer más laureada del esquí.
Campeona olímpica y mundial, Premio Princesa de Asturias de los Deportes (2019), Premio Laureus a la Mejor Deportista Femenina del Año (2009 y 2010), entre otros galardones, y superventas con su libro Rise: My Story, la edad, las lesiones y las operaciones quirúrgicas —incluido un implante de titanio en la rodilla— la aconsejaron, o más bien la obligaron, a retirarse en 2019. Regresó en diciembre de 2024 con resultados esperanzadores y, en esta campaña 2025-2026, vuelve a ganar ante la crema de las esquiadoras de velocidad.
Lo hizo, además, con una diferencia enorme en la disciplina de descenso: dejó a las austríacas Magdalena Egger y Mirjam Puchner a, respectivamente, 98 centésimas y 1:16; y a nada menos que a la italiana Sofia Goggia, a 1:31. Descendió a 114 km por hora. No ganaba en la Copa del Mundo desde 2018. Su éxito es, sencillamente, prodigioso. Un hito.
Nacida Lindsey Kildow, divorciada del esquiador Thomas Vonn —de quien conserva el apellido de casada—, bella, estrella del papel couché por sus relaciones posteriores con el golfista Tiger Woods y el jugador de hockey sobre hielo P.K. Subban, añade un laurel más a una trayectoria incomparable. Su asombro maravillado y su júbilo son también los del mundo del esquí. Del deporte entero.
La esquiadora María Castellví relata una experiencia propia y común: en lo suyo, el freeride, el esquí fuera de pistas, es un rito de iniciación.
«Fue el año pasado en una canal, en Argulls, en el Valle de Arán. Había estudiado el parte de aludes y no había peligro, pero hice dos o tres curvas máximo, empecé a encarar los esquís, frené un poco y noté una fuerza que me tiraba para abajo. Bajé toda la canal rodando. Intenté salir como podía del alud, estabilizarme, ponerme de pie, pero no había manera. Hubo momentos muy angustiosos de verlo todo negro. Por suerte no me llegó a enterrar del todo y cuando llegué abajo pude levantarme».
A sus 20 años, antes de debutar con la élite en el Freeride World Tour (FWT), Castellví ya ha sufrido un alud, un trance por el que también pasaron otros referentes españoles, Aymar Navarro, Abel Moga o Nuria Castán.
«No es una norma, no quiero que lo sea, pero al final es lo que hacemos. Por estadística te puede pasar, eso está claro. Siempre hay peligro. Espero que no me toquen más veces», reclama la esquiadora, que en 2024 dominó el FWT Qualifier, la tercera división mundial, y este año competirá en el segundo escalón, el FWT Challenger, y debutará entre los mejores en Baqueira-Beret entre el 16 y el 21 de enero.
Pero si no hay una salida y una meta, si no hay puertas que pasar... ¿Quién gana en el esquí fuera de pistas?
Eso es lo que más le llama la atención a la gente. El freeride no se basa en la velocidad. Es un deporte con un jurado que mide tu creatividad, tu técnica, tu control, tu fluidez y tu estilo. Te envían una foto de un trozo de montaña y tienes que inventarte la bajada. No puedes esquiar allí en los días previos a la competición, así que primero debes estudiarlo todo bien con fotos y vídeos y luego, cuando ya estás allí, inventarte un descenso original, meterle saltos y hacerlo todo de una vez, sin pararte.
Precocidad en contra de las reglas
«Soy de Cambrils, que es un pueblo de la costa de Tarragona, lejos de la montaña, pero mis padres siempre han esquiado y tenemos una casa en el Valle de Arán. Empecé a esquiar a los tres años, hice un grupo de amigos, pero cuando crecimos empezaron a competir en esquí alpino y a mí no me llamaba la atención. No quería estar todo el día bajando la misma pista, quería ver montaña, vivir aventuras, hacer cosas diferentes. Un día, con los monitores, salimos de pista y empezamos a flotar, a saltar, y pensé: 'Esto está guay'. Tenía 10 años», recuerda Castellví, que obligó a cambiar una norma.
En su club, el Club Esquí CEVA de Vielha, no se permitía el esquí fuera de pistas antes de los 14 años, pero con ella tuvieron que hacer una excepción. «Siempre iba con los mayores y al final me dejaron. Ahora los niños ya pueden hacer 'freeride', ha cambiado el enfoque», cuenta quien después descubrió que en el freeride hay competición y que, de hecho, existe todo un mundo competitivo.
Un deporte a las puertas de los Juegos
El Freeride World Tour, con sus tres categorías, celebrará el año próximo su decimonovena temporada y se acaba de crear el Mundial, cuya primera edición tendrá lugar en Andorra, en Ordino-Arcalís, del 1 al 6 de febrero.
Al contrario que en otras disciplinas, aquí la mayor parte de la atención se la llevan los snowboarders, con figuras como el francés Victor de le Rue, aunque a los esquiadores no les faltan patrocinadores.
La ambición del freeride es entrar en los Juegos Olímpicos de Invierno y no es una utopía. En busca del público más joven, el Comité Olímpico Internacional (COI) ya ha aprobado la intención de hacerle un hueco a partir de los Juegos de los Alpes Franceses 2030, aunque como le ha pasado al skimo, es posible que se pierda algo de autenticidad por el camino.
«Estaría bastante bien que el freeride fuera olímpico porque sería más fácil obtener ayudas. Ahora las federaciones lo tienen complicado para dar oportunidades», reconoce Castellví, que compagina sus estudios de Negocios Internacionales y Marketing en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona con sus entrenamientos en Baqueira-Beret, siempre fuera de pistas, aceptando el riesgo.
«Cuando me pilló el alud, ese mismo día ya esquié. Me tomé 20 minutos para tranquilizarme y volví. Es muy difícil que se me quiten las ganas de esquiar», finaliza Castellví.
Se alzó el telón masculino en la Copa del Mundo de Esquí. También en Sölden, como el femenino. Y también con un eslalon gigante. Arrancó, con el dorsal número 1, Marc Odermatt, el rey reinante, no el emérito, de la nieve y... se salió de la pista a los 47 segundos de haber partido. Sorpresa y decepción. Dejó la prueba abierta a todas las posibilidades.
Las aprovechó, en su máximo esplendor, el equipo noruego con un soberbio triplete de compañeros y amigos: Alexander Steen Olsen, Henrik Kristoffersen y Atle Lie McGrath. No ocurría algo así desde febrero de 2017, en el supergigante de Val Gardena, con Svindal, Jansrud y Kilde copando el podio.
El festival nórdico lo hubiera ampliado Lucas Braathen, cuarto, si el fenómeno nacido en Oslo, de 24 años y vencedor de la Copa del Mundo de eslalon en 2023, no se llamase ahora Pinheiro de primer apellido, el de su madre, y compitiese por Brasil, un país inexistente en el mundo de esquí. Lucas se retiró por desavenencias con la Federación noruega y ha regresado con fuerza al primer plano con un equipo propio bajo una nueva bandera, encantada de que su flamante ciudadano vaya por libre y haga insólita patria.
Otro regreso con más ruido que opciones ha sido el del austriaco Marcel Hirscher, bajo otra enseña la de Países Bajos, país, también, de su madre, con una "wild card" de la Federación Internacional. A los 35 años, luego de cinco retirado, con un historial imponente de, entre otros muchos laureles, 67 victorias en la Copa del Mundo, el segundo hombre de la historia tras Ingemar Stenmark, terminó en el puesto 23º. Nada mal tras tan larga ausencia. Quien tuvo, retuvo.
Los españoles Aleix Aubert y Albert Ortega no pasaron el corte de los 30 primeros para disputar la segunda manga. Curiosamente, compartieron el 58º puesto con el mismo tiempo.