Un gol de Jovic, cuando estaba a punto de agotarse el tiempo añadido, le sirvió finalmente a Serbia para rescatar una empate ante Eslovenia que le permite mantener aún opciones para seguir viva en la Eurocopa. De nada les valió a los eslovenos, en este caso, el hecho de adelantarse con un tanto de Karnicnik, en una jugada cargada de fe por parte del defensa del Celje. [Narración y estadísticas (1-1)].
Ambos contendientes firmaron una primera parte sin dominador claro. Unos y otros, eso sí, carecieron en la mayor parte de sus aproximaciones de la puntería necesaria para encontrar el camino de la portería rival. Y, cuando lo consiguieron, chocaron con el buen hacer tanto de Rajkovic como de Oblak. El rojiblanco, de hecho, tuvo que estar rápido para cerrarle espacios a un Mitrovic que tuvo la mejor opción para los serbios en la recta final de los primeros 45 minutos, mientras que, en el otro extremo del campo, poco antes, Elsnik envió un duro disparo al poste que fue la ocasión más clara para los eslovenos.
Mitrovic, tras el descanso, obligó otra vez a Oblak a abandonar rápidamente su posición bajo los palos para evitar que Serbia se adelantara nada más arrancar la segunda parte. La respuesta deSesko, cuando el reloj se acercaba a la hora de partido, mientras, obligó también a Rajkovic a emplearse a fondo para evitar el gol. Nada pudo hacer, en cambio, para que Karnicnik, culminando una contra iniciada por él mismo, pusiera el 1-0 en el marcador. El lateral, poco después, tocó lo justo para que el remate de Mitrovic se estrellara en el larguero de la portería eslovena. La insistencia serbia tendría premio de la mano de un cabezazo de Jovic para salvar un 1-1 prácticamente en el último suspiro.
Podría parecer que en estas dos jornadas finales de Liga no hay nada en juego más allá de la última plaza para la Europa League y el tercer billete hacia Segunda División, pero muchos equipos se disputarán en los próximos 180 minutos algo clave para su futuro: dinero. Mucho dinero. Casi 400 millones de euros.
Vayamos por partes. A nivel competitivo, tenemos claro que el Real Madrid, como campeón, el Barcelona, el Girona y el Atlético participarán en la próxima Liga de Campeones, que el Athletic disputará la Europa League acompañado de Real Sociedad o Betis, que uno de estos dos últimos o el Villarreal irá a la Conference League y que Las Palmas, Rayo, Celta, Mallorca o Cádiz se unirán a Granada y Almería en LaLiga Hypermotion 2024-2025.
«Bueno, pero ese equipo no se juega nada», habrán escuchado estos días en las conversaciones sobre la lucha por el descenso o Europa. Mentira. Cada temporada, cada club recibe un porcentaje de los derechos audiovisuales de la competición según su posición en la tabla. Cuanto más arriba en la clasificación, más dinero. Por eso hasta el último segundo del último partido habrá algo en juego. Entonces, ¿todos los equipos se juegan algo? Bueno, hay uno que no.
El Madrid es el único equipo que tiene asegurado su puesto al final de la temporada. Nadie le puede coger y se llevará el 17% del 25% del total de los derechos audiovisuales. Hagamos las cuentas. La Liga aún no ha comunicado la cifra, pero el total de ingresos por televisión será relativamente similar a los 1.525 millones de euros de la 2022-2023. Cogiendo esta cantidad como referencia, la ley establece que un 25% se reparte según resultados deportivos, haciendo una media de las últimas cinco temporadas pero siempre con la última como factor diferencial. Ese 25% sería, aproximadamente, 381 millones de euros. Incluso un poco más cuando sea oficial. Rozando los 400.
Dinero por Europa
De esos 381, el primer clasificado se lleva el 17%: 64 millones que serán para la entidad de Florentino Pérez. El segundo, el 15%: 57. Una cifra necesaria para la maltrecha economía del Barcelona, obligado a sumar en estos dos duelos para confirmar su puesto. El tercero, el 13%: 49. El cuarto, el 11%: 41. El quinto, el 9%: 34. El sexto, el 7%: 26. El séptimo, el 5%: 19. El octavo, el 3,5%: 13. Y la cifra de millones sigue bajando según la posición: 11, 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3... Hasta llegar a los descendidos, que se llevarán dos, uno y 0,9 millones.
En general, hablamos de un baile de entre seis y ocho millones por puesto en la zona alta de la Liga y de un millón en la zona baja, por lo que cada punto cuenta en estas dos jornadas. Barça (79 puntos) y Girona (75) se disputan la segunda posición, que además da derecho a jugar la próxima Supercopa de España en Arabia Saudí, mientras que el Atlético (73) todavía puede alcanzar el tercer puesto. El Athletic (62) está acomodado en la quinta plaza, pero si pincha en los dos encuentros podría perder el puesto con la Real (57). Los de Imanol tienen un duelo clave este fin de semana ante el Betis (séptimo con 56) en el Villamarín. Ahí se jugarán la Europa League.
Por detrás, el Villarreal (51) espera una victoria txuri-urdin para tratar de dar caza a los béticos en la pelea por la Conference o asegurar el 8º puesto, que da 13 millones. El Valencia (48), descartado de la lucha europea, podría ascender una plaza o bajar hasta el décimo si pierde los dos y el Getafe gana ambos. Alavés, Sevilla (41) y Osasuna (41) se disputan los nueve millones de la undécima posición.
Más abajo, el gran drama del descenso. Las Palmas (38), Rayo (38), Celta (37) y Mallorca (36) quieren sentenciar del todo a un Cádiz (32) que se niega a morir después de su victoria en el Sánchez Pizjuán. Estos equipos se juegan los seis millones del 14º puesto, al que todos podrían llegar, pero nadie quiere caer al infierno, eso es lo más importante. El Cádiz-Las Palmas de esta tarde será clave, pieza central de esta jornada con horario unificado, todos a las siete de la tarde.
Una victoria canaria o un empate sentencia a los andaluces. No hay más cuentas. Pero un triunfo local pondría todo patas arriba y obligaría a Rayo, Celta y Mallorca a puntuar ante Barça, Granada y Almería, sus duelos de hoy. Los dos andaluces son los últimos de la clasificación separados por cuatro puntos, por lo que pelean por evitar el farolillo rojo y por rascar algunos miles de euros más en su regreso a Segunda División.
En caso de empate a puntos, el Mallorca es quien mejor lo tiene. Gana el average a Rayo, Celta y Las Palmas y lo tiene empatado con el Cádiz. El Celta le gana a Las Palmas y Las Palmas al Rayo, pero está todo condicionado a lo que suceda en unas horas en el Mirandilla.
Aquella mañana en la playa de Fuentebravía, en el Puerto de Santa María, la carrera con Jaime, el pequeño de sus tres hijos, no había sido como las demás. "Joder, me ganaba con seis años. Estaba reventado", revisita Tomás Bellas (Madrid, 1987) en voz alta al instante preciso en el que todo cambia para siempre, en el que uno se da cuenta de que algo, de verdad, no va bien. Las vacaciones familiares en Cádiz el pasado mes de julio tornaron en pesadilla, en una sucesión precipitada de acontecimientos. Noches de sudoración descontrolada, "como un animal", inflamación de ganglios, tos, una visita de urgencia al hospital y un ingreso sin tiempo que perder. "A los pocos días nos confirmaron todos los presagios. Tenía un linfoma", recuerda el base, 14 temporadas en la ACB, el salto inicial del otro partido de su vida.
El 10 de mayo de 2024 Tomás, sin saberlo, se había vestido de corto por última vez. "Ganamos al Valladolid. A un entrenador que me echó de Fuenlabrada, que le tenía ganas... Bueno, no es mal colofón", saca pecho con media sonrisa melancólica. Repartió ocho asistencias, disfrutó y se despidió del Fernando Martín dándose el gusto de un baile más: la siguiente temporada seguiría en el Fuenla, uno de los clubes de su vida, al que ayudaba en su retorno a esa Liga Endesa en la que él disputó 466 partidos. "Nada mal para un tipo normal que no levanta el 1,80", reivindica una carrera que "ha sido la hostia". Ya en pasado, confirmada su retirada, pese a "estar ya sin enfermedad en el cuerpo". "Eso no quiere decir que este curado. El alta no te lo dan hasta que pasan 10 años", explica.
Tomás repasa con EL MUNDO su batalla de los últimos meses sentado en la mesa de reuniones de su empresa familiar, en Las Rozas. La que fundó su padre hace 32 años y en la que ahora le acompañan sus cuatro hermanos. A la que volvía cada verano unas semanas para echar una mano, para hacer gala de sus estudios universitarios. Un jugador profesional. Ya le ha crecido el pelo, aunque aún le acompaña una boina, nueva seña de identidad. Llegó a perder nueve kilos. Está volviendo al deporte, al crossfit, y va tachando de su lista las cosas que apuntó que no podía dejar de hacer. Esquiar, tirarse en paracaídas, viajar con sus hijos, ver en directo un Partizán-Estrella Roja (lo hizo este mismo viernes, en Belgrado)... Porque el final era una posibilidad. "Te pones en el peor escenario, claro. Y piensas: 'Mi vida ha sido fantástica, no tengo un solo pero a los 37 años", pronuncia con crudeza.
Tomás Bellas, en su empresa familiar en Las Rozas.ANTONIO HEREDIA
El sopapo fue inesperado. "Cuando me dicen, 'tienes un linfoma', yo estaba con mi padre en la habitación del hospital. Así, de frente. Es difícil describir las sensaciones. Intentas no llorar [se emociona, "ahora me cuesta"]. Intentas hacer ver a todos que estás bien. Porque creo que yo he sufrido, pero mucho más los que están alrededor", cuenta. El 19 de agosto recibió la primera sesión de quimioterapia en el Puerta de Hierro. "Hay cuatro estadios y yo estaba en el cuarto. Fue un tratamiento súper fuerte. Una bomba para mi organismo. Mi médula no estaba preparada, tuve un problema en el pericardio porque tenía el corazón encharcado, la quimio te inmunodeprime: cogí fiebre, varias semanas ingresado...", relata un infierno físico y mental del que escapó también con velocidad, como siempre deambuló por la cancha. "Antes del segundo ciclo, a finales de septiembre, me hicieron una prueba de Pet Tac y vieron que no tenía enfermedad. Había sido efectivo. Me dieron dos más, de refuerzo. El último, a mediados de noviembre", celebra.
"Estoy convencido de que el deporte me ha ayudado muchísimo. Para coger el toro por los cuernos. Era como un partido, había un objetivo y sabía que iba a tener que esquivar balas. Gran parte es actitud. El baloncesto me ha enseñado a saber sufrir, a que no siempre hay una recompensa inmediata, a gestionar las emociones...", relata un tipo al que no le cuesta admitir que nunca tuvo "pedigrí", pese a que con 12 años ya estaba en la cantera del Real Madrid.
Tomás Bellas.ANTONIO HEREDIA
El hándicap de la altura siempre le acompañó. Fue a la vez su acicate. Como las miradas de sospecha: "Ser infravalorado forja tu carácter". "Nunca fui a una selección. Es mi espina clavada, lo reconozco. Me podían haber llamado, sin lugar a dudas. Hay gente que ha estado con mucho menos nivel que yo", se queja, consciente también de que no ayudó su forma de ser -"mi carácter. Yo no soy una ovejita a la que dirijas"-, para bien y para mal, es su otra gran seña de identidad. Ha habido pocos guerreros con más ardor en la cancha que Tomás Bellas, pesadilla para los rivales, pretoriano de los entrenadores en sus cuatro equipos ACB (Gran Canaria, Zaragoza, Fuenlabrada y Murcia), desde Pedro Martínez hasta Sito Alonso, pasando por Aíto García Reneses, Jota Cuspinera, Luis Guil... "Era una mosca cojonera. 'Joder, hoy me toca contra Bellas', decían los rivales. He tenido peleas con todos. Yo siempre fui a muerte. Hacía en la cancha lo que nadie quería hacer", admite de unas batallas que ahora son anécdotas de amistad con sus ex rivales, los que le han abrumado con mensajes de apoyo e interés.
¿Cómo llega un niño bajito de Las Rozas a la elite? "Todo es más o menos positivo en función de las expectativas que tengas. Las mías ni de lejos eran estar 14 años en la ACB, casi 500 partidos, más competición europea, haber jugado la Summer League de Las Vegas... y un denominador común: he jugado muchísimos minutos", se enorgullece de una trayectoria que empezó por su padre, entrenador en equipos femeninos, guardián de sus primeros entrenamientos en el patio de su casa. En infantil ya estaba en el Madrid, pero a los 18 jugaba en Primera Nacional en el Torrelodones, "entrenando a las nueve de la noche con abogados, dentistas, pintores...". Quería centrarse en sus estudios universitarios y en su novia. Y por eso rechazó, ahora ríe, hasta a Pablo Laso. "Me quería en Cantabria tras una pretemporada, se quedó alucinado", recuerda.
Tomás Bellas.ANTONIO HEREDIA
Pero le llamó el Cáceres de Piti Hurtado, destacó en LEB Oro, y después le surgió la oportunidad "de una vida". Saltar a la ACB con el Gran Canaria. Se acogió a aquel decreto 1006 que hizo famoso Alberto Herreros. "Con Pedro Martínez fue un máster de cinco años, diario. Con una exigencia bárbara. Pero es lo que me permitió estar tantos años en la liga". Tras seis temporadas en Las Palmas, sale a Zaragoza, la otra cara del baloncesto, "peleando por no bajar, impagos... No fue muy agradable. Remar y remar". "De ahí a Fuenlabrada. Decido acercarme a casa por el tema de la empresa, la familia...". Y después Murcia, "una segunda juventud". Tras tres cursos, repliega, otra vez el negocio familiar como prioridad, y Tomás, Paola y Jaime, claro. Pero mantiene el gusanillo del deporte de elite en su vuelta a Fuenlabrada. "Ha sido la hostia. Mi carrera ha sido la hostia", repite.
Cuando le sobrevino la enfermedad, Bellas, siempre celoso de su intimidad, no quiso hablar públicamente demasiado. Se centró en la recuperación, se fue despidiendo del baloncesto al que no sabe si volverá como entrenador o director deportivo quizá y del que, por ahora, sólo echa de menos lo bueno, "competir, el vestuario...". "Si me llega a pasar más joven, probablemente hubiera intentado volver. Pero ya no está en mis planes", dice. Ahora cuenta el proceso por primera vez. En unos días, en Gran Canaria, recibirá un homenaje durante la Copa del Rey, en el "club de su vida", en el que fue capitán. "Todo esto ha sido una lección de vida. Me ha retirado del baloncesto, pero no de la vida. Te hace cambiar las prioridades. Antes te preocupabas porque no metías dos canastas y ahora porque estás vivo".
Dioses en los que cree sin necesidad de pruebas, en los que se confía que están y aparecen justo cuando más se necesita. Son el bálsamo para renacer y alcanzar el éxtasis. Un Dios es Jude Bellingham para la hinchada inglesa. En él creen, porque nunca se echa en falta. Su aparición acabó siendo decisiva en un debut demasiado pobre.
Intuía Serbia que no sería fácil para a los británicos y tardó demasiado en conseguirlo. El fútbol no es cuestión de vida o muerte, es mucho más para la mayoría en el Arena de Schalke y para quien ya ejerce de mito. Apenas 13 minutos una decena de balones le costó encarrilar a Inglaterra con un testarazo para hacer que la grada cantara el 'Hey, Jude'. Inglaterra debe ser más que Bellingham, y se vio en la segunda parte, pero encuentra en el jugador del Real Madrid un elemento diferencial. Distrae rivales, arranca aplausos de sus fieles y genera huecos por donde Saka y Foden deben aparecer de manera letal.
Serbia pensó que la mejor forma de evitar ser aplastados era protegerse, colocar a Gudelj a morder los tobillos de Jude y asfixiar a Harry Kane. Sólo le salió el plan a medias y su primer disparo a puerta fue de Mitrovic a los 20 minutos, con el marcador en contra. Los pross entendieron que, con un rival tan rácano, el partido tenía madurar. Declan Rice tenía que mandar, el joven Ghéri templar los nervios de su debut en una Eurocopa, y Alexander-Arnold creer como reconvertido centrocampista. A Saka no le hizo falta esperar mucho para descubrir que en su duelo con Pavlovic tenía todas las opciones de salir ganador. Le vio Walker a la carrera, se deshizo del lateral y puso un centro para el testarazo de Bellingoal, como lo ha bautizado la Federación inglesa. No importa que su vida con Inglaterra esté más lejos del área porque sus apariciones son igual de demoledoras.
No sabían los serbios cómo reaccionar y, sin vapuelos ni ocasiones claras, su rival vivió cómodo y hasta pudo hacer el segundo en un robo de Alexander-Arnold que lanzó a la carrera a Walker para que, con el tobillo y desequilibrado, soltar un centro cruzado que vieron pasar Foden y Kane. El capitán probó el balón sólo una vez en toda la primera parte. Poco para lo que lo necesitan los leones.
El equipo de Southgate necesitaba circulación de pelota, control y tejer el juego para, des de ahí, desequilibrar. Algo que Declan Rice solo no puede. Pero el estadio estaba entretenido coreando a Bellingham y confiado en el puñal de Saka. A los balcánicos nada les salía y hasta perdieron a Kostic por lesión. El ejemplo de su racanería es que el primer córner lo lanzaron en el tiempo añadido. El de la incapacidad de Inglaterra de noquearlos, que su primero lo botó bien mediada la segunda parte.
Y es que el paso por el vestuario le sentó muy bien a los hombres de Stojkovic, que despertaron de una manera que no supo contrarrestar Inglaterra. El seleccionador sacó al equipo de la frontal, se olvidó de protegerse cambiado el oficio de Gudelj por el talento de Ilic y buscó descaradamente un empate que se vio cerca. Encerrado el rival en su campo, se pasó por el área pequeña de Pickford un centro raso de Vlahovic sin encontrar rematador porque no llegó Mlademovic. Las gradas no marcan goles, pero el pequeño reducto serbio en Gelsenkirchen quiso hacerlo alentando a sus jugadores y creando dudas a los británicos. Habían dado tantos pasos atrás que Mitrovic estuvo a punto de empujar una asistencia de Lukic.
Había que sufrir y a Southgate le costó encontrar soluciones en su banquillo para mejorar las sensaciones que debería dar una candidata a campeonar. Empezó por buscarle un escudero a Rice en Connor Gallagher.
El partido se abrió e Inglaterra comenzó a sufrir de una manera sonrojante. Su único argumento para evitarlo fue un testarazo impecable de Harry Kane, su primer disparo a puerta, que desvió al travesaño Rajkovic. No tembló Serbia, que siguió empeñada en igualar el grupo y obligó Vlahovic a intervenir a Pickford. Incluso el propio Kane apareció para salvar otro tiro de Birmacevic. Vendió cara la derrota Serbia y desnudó a una favorita.