El golpe en el tobillo derecho -un traumatismo directo en el pie, según el propio club- no parecía grave, ni siquiera el colegiado Sánchez Martínez consideró oportuno analizar la jugada en el VAR por posible penalti de Momo Mbaya. Pero las lágrimas de Álvaro Morata y sus gestos de evidente dolor encendieron las alarmas. Fue sustituido inmediatamente por Cunha. A espera de las pruebas médicas, su situación preocupa.
Primero, para el partido clave del martes en Do Dragao, donde el Atlético necesita ganar al Oporto (o lograr el mismo resultado que el Bayer) para disputar al menos la Europa League. Y, mirando un poco más allá, para la disputa del Mundial de Qatar que arranca el 20 de noviembre: Morata es el delantero de Luis Enrique.
Simeone habló de nuevo de la fatalidad de su equipo, de la “cuota de buena suerte” que “no nos está favoreciendo”. Y también de Joao Félix, que celebró con rabia y gestos el gol que, entonces, suponía el empate para el Atlético en Cádiz. “El campo habla y tiene la verdad, Joao hizo un gol con un poco de fortuna, pero con la iniciativa de generar peligro y luego hizo un golazo”. “Fue el más peligroso de todos los delanteros que estuvieron en el campo”, concluyó.
“Necesitamos mejorar en la faceta mental, en el temple y en la ansiedad, porque si no parecería que todo va a terminar mañana y queda mucha Liga, falta la Copa y la oportunidad estar en la Europa League. Así que tranquilidad”, señaló el técnico en rueda de prensa tras el partido.
El Cholo también tuvo palabras para Pablo Barrios, el canterano que ayer debutó con el Atlético. El centrocampista sustituyó a un Kondogbia que también se fue dolorido. “Lo ha hecho muy bien valoró su técnico”. El Cádiz no ganaba en casa al Atlético desde la temporada 88/89.
De aquella España campeona del mundo de 2006 sólo Álex Mumbrú (Barcelona, 1979) dio el salto a los banquillos, aunque en su caso no extrañe a nadie: aún conserva y actualiza una libreta en la que tomaba apuntes de sus entrenadores, entre ellos Manel Comas, Javier Imbroda, Joan Plaza, Pepu Hernández, Sergio Scariolo y, especialmente, su admirado Aíto García Reneses. Más sorprendió cuando, hace unos meses, la Alemania, también oro mundial (2023), le anunció como relevo de Gordon Herbert. Tras su debut como técnico en su Bilbao Basket y su paso por el Valencia, un salto para reivindicar todavía más el prestigio de los entrenadores españoles. La era Mumbrú comenzó ayer con una derrota en Suecia (73-72) en el partido de clasificación para el Eurobasket, a pesar de las 23 bajas (jugadores repartidos por equipos NBA y Euroliga) con las que contaba.
Hubo alguna oferta, pero he tenido la suerte de que siempre tuve buenos equipos y buenos contratos en España. Pero no tenía ningún miedo a irme, me apetecía conocer otras ligas y otros baloncestos. Estoy a caballo entre España, donde está la familia, y Hagen, sede de la Federación Alemana.
¿Cómo se fraguó su fichaje?
Fui a la primera reunión, como cuando te reúnes con un equipo, a ver qué tal. Y el simple hecho de que el campeón del mundo te este llamando te enorgullece. Supe que habían estado preguntando por mí. Después de varias reuniones se fueron acercando las posturas.
¿Qué buscaban en ti?
Es una pregunta más para ellos. Pero creo que buscaban a alguien que conociera el funcionamiento de la selecciones desde dentro. No es igual que un equipo, donde tienes que consolidar unas relaciones con los jugadores durante el tiempo. En una selección tienes que lidiar con el que venga, que todo fluya rápido porque luego regresan con sus clubes. Y, sobre todo, crear el ambiente para que quieran venir. El compromiso de los jugadores tiene que ser muy alto. Eso lo hace más fácil.
Dennis Schroder, con el que se ya reunió, recordó las semifinales del último Eurobasket, en las que España derrotó a Alemania en Berlín y te relacionó con esa «mentalidad defensiva».
Aquello fue un poco de todo, también competitividad. En ese partido pasaron cosas tácticas que al final provocaron que perdieran. Schroder no es un jugador más, es el base, tiene una mentalidad muy de entrenador, analiza los partidos y se los ve. Cuando un jugador cree que pudo ganar algo y que no lo hizo por culpa de lo táctico, puede pensar que quizá yo les pueda ayudar en eso. Entiendo que pasaron un momento complicado.
¿Cómo fue su encuentro con él en Estados Unidos?
Es un líder. Una gran persona, que es algo importante, y un ganador. Hablas con él y te das cuenta de que sabe mucho de baloncesto y que le gusta. Está muy pendiente de todo y le importa mucho la selección. Hablamos de baloncesto y de los objetivos. Y nos conocimos. En la selección pasas poco tiempo juntos y hay que crear vínculos rápidos para que luego sea más fácil que se extienda en la pista.
Mumbrú, durante los entrenamientos de esta semana con Alemania.Federación Alemana
Él, los hermanos Wagner, Daniel Theis... va a tener mucho talento en sus manos.
Me dicen: 'Qué valiente'. Por haber ido a un equipo que ya es campeón, que casi sólo lo puedes hacer peor. Veremos. Si hay compromiso, por qué no seguir ganando. Es un reto importante, bonito e ilusionante. Pero también tengo la presión de tener que hacer las cosas bien. Intentaremos hacerlo.
¿Esta Alemania le recuerda al exitoso grupo del que formó parte con la selección española?
Sí, la verdad es que sí me recuerda bastante a esa época, a la España que fuimos campeones del mundo, de Europa. Por el compromiso, por la gente, por los veranos en que creamos ese vínculo de amistad entre todos. Y de comportamiento en la pista. Me recuerdan en la manera de jugar, en cómo lo celebran. Ese feeling.
¿Quién fue el entrenador del que más aprendió?
He tenido la suerte de tener muy buenos entrenadores. Fue como un aprendizaje, un clínic continuo con todos ellos. Seguramente, en mi carrera, Aíto ha sido el que más me ha marcado. También Sergio, Pepu... Recuerdo muchas cosas, vas cogiendo las que te marcaron de cada uno de ellos. En mis últimos años lo tenía claro. Iba mirando, preguntando, por qué esto es así... Tenía mucha curiosidad.
¿Cómo te definirías en los banquillos?
Me gusta ser un entrenador exigente, que las cosas se trabajen en equipo. A la parte del vestuario también le doy mucha importancia, el tipo de personas que forman el equipo. Me gustan los equipos aguerridos, que defienden, que luchan, que no vaguean...
El entrenador español está de moda.
El entrenador español está muy bien considerado a nivel mundial. No sólo a nivel Euroliga o selecciones. También hay otros en pequeñas ligas, Venezuela, Polonia... Valoran nuestro trabajo, el nivel táctico, lo que desprendemos... Y los resultados. Va todo un poco relacionado. Es bonito. Que haya un español llevando un equipo NBA habla muy bien, primero de Jordi [Fernández], y después del baloncesto español en general.
Sin embargo, parece que hay una crisis del jugador nacional, sólo ya Aldama en la NBA.
Sigue habiendo un nivel muy alto en el jugador español. Van saliendo camadas y camadas. En las categorías inferiores siempre ganan. Es verdad que aquí en Alemania decidieron en su día hacer una apuesta por su jugador nacional y poco a poco ha ido dando sus frutos.
En la cancha tuvieron grandes batallas con Nowitzki, ¿ya habló con él?
Aún no he podido. Pero es una parte súper importante del baloncesto alemán. Fue uno de los primeros que empezó a abrir el camino del compromiso con la selección. Le conozco, he compartido con él muchos campeonatos. Cuando le vea, seguro que nos echamos unas risas. A ver si le puedo devolver todas esas derrotas con España. En aquella época nuestra selección marcó una época.
La recta de meta como medida de los límites humanos. Se apagan las luces en el Stade France, rugen las tribunas, se hace el silencio después. Un ritual que se alarga, minutos que se hacen eternos para los atletas antes de los 10 segundos más importantes de sus vidas. Se busca al hombre más rápido del mundo, al que ponga su nombre junto al de Usain Bolt, Carl Lewis o Jesse Owens. Nada menos. Y esta vez no hay favoritos claros, está todo tan abierto que la expectación es maravillosa. Como los segundos que siguen a los 100 metros de París 2024, cuando nadie sabe quién demonios ha podido ganar, de tan parejos que han llegado a la meta. Al fin. Es Noah Lyles con 9,79 segundos, la mejor marca de su vida en el momento más oportuno.
9,794 para ser más exactos. Se impuso el estadounidense, como una centella en París, una brutal remontada tras volver a salir mal de los tacos, para recuperar el trono perdido, 20 años sin un campeón del hectómetro made in USA (desde Justin Gatlin en Atenas 2004). Y lo hizo con idéntico tiempo que Kishane Thompson, sólo cinco milésimas más veloz (9,789). Una final de foto finish. Lyles, el que tanto lo perseguía, el que opositaba a estrella mediática y ahora también deportiva. El histrión, el bicampeón del mundo en Budapest, es ya campeón olímpico en una carrera para el recuerdo. Con su compatriota, Fred Kerley tercero (9,81), y el cuarto más rápido de la historia olímpica, el sudafricano Akani Simbine (9,82).
Es la eterna búsqueda del heredero de Usain Bolt -como si fuera posible-, tan grande es su leyenda que nunca deja de estar presente. Pero las comparaciones, las similitudes y, por supuesto, las diferencias se agolpan en los conversaciones de Saint Denis, que luce precioso en estos lila y azul tan elegantes que van haciéndose más intensos a medida que anochece en París.
Pero, ¿quién ganará el 100? ¿Quién será el nuevo rey?, se preguntan los 80.000 ansiosos espectadores, ante el gran momento de los Juegos.
Y se presentan ocho candidatos -que, por primera vez en la historia olímpica, van a bajar todos de 10 segundos en la final-, cada uno con su historia, todo tan igualado (los dos jamaicanos y los dos estadounidenses ya se han quedado entre 9,80 y 9,84 en las semifinales), tan abierto, que el único nombre propio que se repite en las quinielas es, con tantos asteriscos, el de Noah Lyles.
DIMITAR DILKOFFAFP
El americano de Florida, el chico que se hizo profesional sin pasar por la Universidad de lo convencido que estaba de sí mismo, se ha pasado el invierno trabajando la técnica, la salida con Lance Brauman, su entrenador, y mejorando sus marcas en el 60. Es el rey del 200, pero quiere también el oro en el 100, como en el mundial de Budapest de 2023. Ese por el que fracasó en Tokio, cuando acababa de dejar los antidepresivos después de una pandemia que le pasó factura mental. «Me costó encontrar el equilibrio entre estar entusiasmado y mantener la calma durante todo el año», reconoció. Nada sencillo para él. En la infancia padeció un grave problema respiratorio , noches en el hospital y el deporte como practica no recomendada.
Lyles celebra su victoria.Martin MeissnerAP
Quiere ser Bolt, como todos. E intenta imitar su show, pero no es lo mismo. Si Bolt encandilaba, él molesta a sus rivales con su juego psicológico, con sus guiños con las cartas de manga y sus bolos con Snoop Dogg. En la semifinal dedicó miradas retadoras a Oblique Sevilla, que le había superado. En la final, partió como un potro desbocado en la presentación, saltó, gesticuló, corrió hasta casi la mitad de la pista, pidió más al público, se golpeó el pecho. Todo mereció la pena, hasta el abrazo y las lágrimas con su madre, Keisha Caine Bishop, de después.
El abanico de opositores también incluía a otros dos tipos que se manejan por debajo de 9,80. Y que no fueron campeones olímpicos por un suspiro. Heredero de Bolt pretende ser Kishane Thompson (plata), el velocista con la tarea de recuperar el trono para Jamaica, que se quedó sin representantes en la final de Tokio. Las lesiones han sido su hándicap, pero le pule Stephen Francis, el mismo que manejó a Asafa Powell o Shelly-Ann Frazer Pryce. Y acudía a París con el 9,77, la mejor marca de todos este 2024, hace un mes en los trials de Kingston. Y en semifinales planta un 9,80 como aviso a navegantes. Junto a él, Seville y sus 9,81 de la primera serie como argumento, aunque luego no respondiera en la final. Dos chicos de 23 años.
También está Marcell Jacobs, el sorprendente italiano de Tokio, que apenas le da para entrar por tiempos en la final y ahí sí, da la cara, favorito del público, con una salida majestuoso, quinto finalmente, incluso lesionado después.