Tiempo de elecciones. Después de las de Andalucía, que incumben a la población local, las del Real Madrid, que atañen y afectan a la humanidad, según la cosmogonía florentiniana. María Jesús Montero, perdedora por goleada, expresó con un símil futbolístico su futura forma de ejercer la oposición: “partido a partido”.
Sanchista de vieja escuela y cholista de nuevo cuño, hará las delicias del Hospital de las Cinco Llagas, sede del Parlamento autonómico, con sus epanadiplosis (“primero y primero que todo”), sus laberintos churrulleros (“lo que dice el acuerdo es lo que dice; lo que no dice el acuerdo no lo dice”) y su repertorio de visajes y aspavientos. Eran más graciosos los de David Vidal, un genio gallego de la mímica universal. Le echamos de menos.
Sánchez no se da por aludido electoralmente tras cuatro derrotas comunitarias consecutivas. Opina, aunque ni él se lo cree, que “no son extrapolables a nivel nacional”. Eso es como pensar que perdiendo todos los partidos se puede ganar la Liga. Sánchez nos recuerda a esos entrenadores que hablan de “resultado engañoso” después de recibir su equipo una paliza monumental.
El socialismo andaluz puede tomarse como una metáfora del fútbol en su nostalgia del pasado, jugadores y entrenadores que se van, y su ilusión por el futuro, jugadores y entrenadores que vienen. En el Madrid, la máxima expresión de lo nostálgico y lo ilusionante la personaliza José Mourinho. Refleja, mezcladas, la nostalgia y la ilusión de un presidente descentrado, victimista y desafiante que culpa al empedrado y mata al mensajero. Tres años, hace tres lustros, fueron más que suficientes para conocer en Mourinho a un personaje atrabiliario y contaminante, reñido por carácter y comportamiento con los valores del club. ¡Ay, los valores! Cuanto más esgrimidos, menos practicados. Pérez, tan poco proclive a congeniar con sus entrenadores, estableció con él una relación de perniciosa empatía. Su regreso es un dislate retroactivo. Un camino hacia adelante recorriéndolo hacia atrás. Un paso al frente andando de espaldas.
Presumiblemente, Florentino será reelegido. Es lógico y justo: no va a perder Zamora en una hora después de haberla ganado en 23 años. Pero ya, abocado su mandato a la nostalgia, topa con un adversario que suscita la ilusión un poco ingenua de toda novedad en, por ende, momentos confusos. Con el fin de unir al madridismo frente a la artera agresión del enemigo exterior, el presidente ha recuperado a un elemento experto en fracturarlo y cuyo dedo señala el camino a algunos y a otros la salida. Mourinho, por otro lado, absorbe los focos y los desvía de los problemas deportivos, los contratiempos económicos y el debate acerca del nuevo y trascendental modelo societario del club.
Tendrá, además, una cierta influencia en las urnas, que pasan en parte por la aceptación o el rechazo a su persona. Para muchos madridistas, aceptarlo será votar nostalgia. Rechazarlo será votar ilusión.











