El noruego Dversnes-Lavik sorprende a los velocistas del Giro en el meta de Milán

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A veces hay que comenzar una crónica deportiva diciendo quién no ganó, porque es noticia. Y fue noticia en la decimoquinta etapa del Giro entre Voghera y Milán, de 157 kms. que no ganó Jonathan Milan, el destinado, el esperado, el hasta ahora frustrado. Milan no ganó en Milán, sino Fredrik Dversnes-Lavik. ¿Un sprinter en una etapa de manual para velocistas? No. Un héroe que, junto a otros tres, se escapó desde temprano, y tuvo las agallas y las fuerzas para aguantar a un pelotón desencadenado que calculó mal.

Calor (32º). Monotonía (llanura hasta el horizonte). Velocidad (51 por hora). Y esos cuatro hombres en fuga desde muy pronto, todos a más de dos horas de Vingegaard: los italianos Martin Marcellusi (Bardiani), Mattia Bais (Polti) y Mirco Maestri (Polti), y el noruego Fredrik Dversnes-Lavik (Uno-X). Nunca llegarían a disponer de más de tres minutos. En buena lógica, no tenían ninguna posibilidad frente a un pelotón dirigido y controlado por los equipos de los velocistas. Digamos principalmente el Lidl-Trek para Jonathan Milan, el Soudal para Paul Magnier y el Unibet para Dylan Groenewegen.

Velocidad. Monotonía. Calor. El cuarteto entró en Milán a falta de 75 kms. Y en el circuito urbano, al que tendrían que dar cuatro vueltas, a los 73 y con una diferencia que no llegaba a los dos minutos. El pelotón tenía tiempo de atrapar a esos héroes abocados al martirio. Pero pesaban los kilómetros y los minutos, y no se producía la fusión. Y, de pronto, mientras el calor y la velocidad se mantenían, la monotonía cedió paso a la emoción.

Los escapados entraron en los 16 últimos kilómetros con 54 segundos de diferencia. Aún podían ser devorados y digeridos, alimento para el grupo. Pero éste iba quemando hombres, incluso los que deberían mantener cierta frescura para lanzar a sus lobos-jefes, y la diferencia menguaba muy poco a poco. Y menguó tan poco a poco, tan poco a nada, que Dversnes-Lavik, Maestri, Marcellusi y Bais, exprimiendo los postreros, casi póstumos, gramos de unas fuerzas ya inexistentes, entraron por ese orden por delante de las primeras unidades de un pelotón hecho jirones, roto por completo, sumido en el agotamiento y la impotencia. El heroísmo tuvo premio.

Lunes de descanso antes del martes de esfuerzos con la etapa más corta de la carrera, Bellinzona-Cari (Suiza) y cinco puertos, dos de 2ª, otros dos de 3ª y uno de primera, en la llegada.

kpd